¿SUCEDIÓ O PASARÁ?
Se rascan sus panzas vacías unas
bestias hambrientas y adoloridas, esas que esperan a los hombres en las vueltas
de las esquinas, en los sinuosos y polvorientos caminos que hemos ido trazando
desde antes en nuestros destinos.
Surgen entonces constantes
quejidos de dolor en el ambiente, ruidos que se pegan, que se atollan a la piel,
transformando en hiel el simple hecho de estar vivos.
Una angustiosa realidad, sea esta
individual o general, empuja a muchos a escoger entre la muerte o la vida, pues
somete a todos a creer que la chispa de la misma es jugarla en un segundo sin
que se pierda en ese intento absurdo.
El asquiento olor de muerte se
expande por doquier, el viento se regocija haciendo esta tarea, mientras en la
tierra, o debajo de ella, aguardan su momento esas fieras que se alimentaran de
las otras bestias sorprendidas.
Por ello, en un instante, en menos
de un segundo, en la máxima explosión de una emoción, donde con toda su pasión
alborotada la despavorida muerte se aferró a la vida, quitándole sentido a lo
que estaba escrito, en el preciso instante en que el hombre se alejó de su
camino, o se olvidó de su destino.
Atrás, en los confines del tiempo
y la memoria, cuando la vida tenía más sentido que la muerte, cuando las mentes
de los hombres aun creían en ella, mucho antes que Matusalén o Maquiavelo, justo
cuando Nostradamus imaginaba y creía en la existencia de un paraíso terrenal, cuando
eso era natural, y que no ha sido nada distinto a la felicidad de sentirse vivo
y comprometido con todo aquello que respira y crece, pero que es lo que hoy
fenece en las manos ensangrentadas,
maniatadas y vendidas del ser humano, dizque moderno, que por una simple, triste
y fugaz moneda de oro, o lo que sea, está entregándole su alma al diablo, el
mismo personaje que en el Apocalipsis cabalgaba a las espaldas de la muerte,
cantando y loando la nueva religión, ésta que atrapó y convenció al hombre
actual, y que por no actuar, la está pudriendo y perdiendo con su propia desidia
o ignorancia.
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