Hasta que por fin la ciencia lo pudo comprobar, declarando ahora lo que nuestras sensaciones ya intuían, y es que estamos sumergidos dentro de un espacio viscoso, gelatinoso y hasta cierto grado carrasposo, con efectos que se evidencian por sus defectos sobre la materia que compone a nuestros cuerpos, especialmente en la piel, la cual siendo el escudo que recibe las alteraciones caprichosas de unos fonones revoltosos, se termina viendo afectada por sus partículas vibrantes, poseedoras de la capacidad de volvernos polvo, al instante en que la magnitud del tiempo reclame lo que es suyo, o sea el espacio que ocupamos con la masa que mostramos, evidenciando de esta forma los deterioros que provocan las reverberaciones atómicas.
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