EN UN CENTRO EQUILIBRADO DE LA NADA
Habitamos una isotropía masificada, un escenario donde la aceleración de la energía nos sitúa, paradójicamente, en el centro absoluto de toda dirección. No somos viajeros en un espacio ajeno; somos el foco donde la gravedad y la atomicidad convergen, suspendidos en una caída libre permanente que llamamos "presencia". En este punto central, donde no existe arriba ni abajo, poseemos la distancia justa hacia todo lo que existe, pero esa posición no es un trono de poder, sino una coordenada de paso.
Mientras nos percibimos en ese centro, somos atravesados por una paradisiaca entropía. Esta fuerza implacable nos recuerda que nuestra estructura —nuestra dimensión y nuestros actos— no es más que una organización transitoria de factores aleatorios. Somos humedad que se encamina hacia el desierto, una acumulación de movimientos fugaces que, bajo la ilusión del control, se dirigen hacia un paraíso de equilibrio térmico donde toda distinción se pierde. El "paraíso", visto así, no es la gloria, sino el descanso final de la materia en su proceso de transformación.
Sin embargo, en el tránsito entre ese centro absoluto y ese desierto final, surge la simbiosis existencial como nuestra única herramienta de sentido. Para que la caída libre no se convierta en pesadilla y la entropía no nos disuelva antes de tiempo, es imperativo conciliar nuestra visión individual con el entorno. La tranquilidad no se encuentra en el aislamiento del "yo", sino en la construcción de entornos naturales y sociales simbióticos. Al reconocer que estamos obligatoriamente relacionados con los demás, transformamos la dispersión energética en factibilidad consciente.
En conclusión, somos centros de percepción (Isotropía) que se desvanecen (Entropía), pero que tienen la capacidad de florecer en el vínculo (Simbiosis). Nuestra realidad es el breve parpadeo donde el vacío y la conciencia se encuentran para intentar, colectivamente, una armonía antes del silencio.
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