El Arquero Charlatán (versión poetizada)
Tensada está la fibra del destino, vibrando como un nervio en agonía; el arquero, en su torpe profecía, ha perdido el rastro del camino.
Es la última flecha del carcaj, frente al asedio de un riesgo inminente, y en su postura altiva y oscilante pretende el triunfo con un vil disfraz.
Llamamos orden al jardín quemado, llevando al límite la luz del día; una receta de pura hipocresía en un caldero roto y agrietado.
No hay mano experta que combine el ruego, solo un charlatán de feria y de retórica, que ofrece una solución histórica mientras aviva con su lengua el fuego.
Su menjurje es audaz, su voz es vana, vende el remedio que jamás concibe; la tierra sufre, pero no recibe más que el vacío de una falsa mañana.
Son frutos de humo, sombras de alimento, prácticas osadas de un saber suicida; se estira la cuerda de la propia vida y el arco cruje en el último intento.
Mas tras el ruido de la voz osada, bajo el engaño del actor de turno, late un secreto, un pulso taciturno, en la raíz de la tierra olvidada.
Por más que el charlatán niegue el destino, hay una fuerza que el error no exhala: una esperanza que en lo hondo escala y guarda el germen de un nuevo camino.
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