Nada es fortuito al interior del plano de la realidad que ocupamos; todo tiene un hilo conductor por el cual se transmiten influjos de todo tipo y orden. La mayoría de ellos, subjetivos e inconscientes, se reciben sin filtros ni medidas sobre las consecuencias posteriores a las metas perseguidas. Estos impulsos, descompuestos tras el primer aliento de un origen bienintencionado, terminan por desvirtuarse, mientras el individuo prefiere mantenerse al margen de los acontecimientos colectivos finales: esos mismos que la realidad no se cansará jamás de mostrarnos cual si fueran equivocaciones continuas y redundantes.
Estamos exhaustos del determinismo que nos conduce mansamente, relajados pero en tumulto, hacia una meta desconsiderada de los fundamentos naturales que rigen con rigor sobre un planeta en continua evolución. En esta inercia, nos hacemos los desentendidos ante las repercusiones visibles y tangibles; los resultados actuales provocan grietas profundas entre el presente y un futuro siempre visto de forma distante —aunque apenas sea mañana—, siempre y cuando logremos despertar de los sueños ofrecidos por populistas empecinados en vendernos falsos paraísos.
Sin embargo, es precisamente en la perplejidad del despertar donde se erige la barrera definitiva. Resulta una empresa vana, casi quimérica, pretender una lucidez colectiva cuando los cimientos de nuestra percepción han sido sustituidos por una arquitectura de simulacros. La imposibilidad no radica en la falta de voluntad, sino en la atrofia del juicio: hemos habitado tanto tiempo la comodidad del espejismo que la luz de lo real ya no ilumina, sino que ciega. Al final, la redundancia de nuestros errores no es un llamado a la acción, sino el eco de una condena; la realidad sigue su curso evolutivo, dejando atrás a quienes prefirieron el letargo del paraíso prometido mientras el suelo, bajo sus pies, terminaba de resquebrajarse.
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