UN DIALOGO DE SORDOS
Locuazmente le hablaba un viejo a otro hombre de su muerte, le
comentaba como haría para irse de este mundo, presagiando hasta la última idea que
saldría de su mente.
Se imaginó
volando, por el cielo en solitario, viendo desde allí al planeta con
desconsuelo, incluso se ilusiono en volver a recorrer sus suelos, pero lo
obtuso de su visión le hacía ver mal lo que podía estar bien, y desde esa
altura las tierras del planeta le parecieron una piel enferma.
Sangrante por doquier, con llagas
infectadas, con cárcavas provocadas, con cicatrices visibles desde el sol, que
se secaban de golpe y con dolor, convirtiendo al agua en vapor, y a la vida en una
idea concebida en el dolor, matizada de terror.
Dicen
que le dijo al otro que las riquezas de algunos pocos sirven para financiar el
destino compartido por todos, y que éste está en la búsqueda del oro, el problema
es que ese capital se proyecta hacía el vacío de un universo extendido por las
ambiciones personales, solo que en él los humanos actuamos como bandidos,
sabiendo de antemano que a los que atracamos es a nosotros mismos.
Después
de esto vino un silencio sepulcral, ambos hombres desasieron ese encuentro,
pues entendieron el entuerto en el que estaban y lo poco que podían hacer para
salvarse.
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