Inerme, un solitario árbol se alza del suelo que lo alimenta, tomando conciencia de su orfandad, luego de haber sido groseramente atacado por personas que dudan de sus bondades escondidas, cada vez más confundidas ante la perdición que la gente no quiere entender ni atender, para cambiar la tendencia de una maldad adherida, impulsora de la agresión biológica y ambiental que la realidad no cesa de mostrar. Sin embargo, en sus ramas desnudas y lastimadas aún late una resistencia silenciosa. Sus raíces, aferradas a la memoria de un bosque que ya no existe, tejen en la oscuridad una red de esperanza subterránea. El árbol espera, con la paciencia milenaria de su especie, que el viento sea compasivo y lleve sus últimas semillas a un suelo más noble; hacia un corazón dispuesto a escuchar el crujido de su dolor, acorazado por su temor, hasta unas manos que, en lugar de empuñar el acero, se abran para sembrar el mañana.
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