Hasta ahora la especie humana viene funcionando fundamentándose en la defensa propia y el control hacia sus contrarios, supuestos opositores internos sobre un único y compartido planeta, basándose en las diferencias externas de la piel, del color del pelo y de los ojos, justificando así el uso de la fuerza bruta, la expansión del miedo incapacitante, además de la utilización de violencia mortal y del fatalismo terrorista, como las mejores herramientas de combate y ataque, por ningún motivo ni lugar aparece la inversión amistosa ni la armónica conjunción fraterna, para obtener avances colectivos equitativos, mantener activas las suspicacias con respecto a que los otros sólo nos quieren agredir es el principal factor para que seamos dirigidos sin esperanzas hacia la desertificación existencial, persistiendo en el miedo y la confrontación estamos dejando huellas profundas, pero la desertificación nunca ha sido el estado natural del ser humano, sino el resultado de elecciones repetidas, algo similar a la manera en que un suelo árido conserva bajo la superficie semillas latentes a la espera del agua, de igual forma la capacidad humana para la empatía, el reconocimiento mutuo y la solidaridad permanece intacta, aguardando ser activada.
Los cambios requeridos no necesitan transformar de golpe la arquitectura del mundo, sino alterar la premisa desde la cual decidimos mirar al otro, cada gesto que sustituye la sospecha por la escucha activa, cada espacio donde la diferencia se asume como riqueza y no como amenaza, y cada alianza fundada en el bien común actúan como un oasis en el paisaje, por ello nos tenemos que atrever a desarmar la paranoia y apostar por la inversión amistosa, demostrarnos que la fraternidad no es una ilusión utópica, sino la herramienta más pragmática e imprescindible para fertilizar de nuevo nuestro futuro compartido.
______________
No hay comentarios.:
Publicar un comentario