Enfrentándonos al tiempo, magnitud bajo total control de la realidad, caracterizada por dimensionar presiones ya dispuestas por la fuerza ejercida con la gravedad espacial, exclusiva y particular para cada ser conformado con material genético, energético y con ideales eclécticos, tendientes a la descomposición corpórea, asumimos posiciones filosóficas y psicológicas que nos conducen inexorablemente a aparentar dar pasos, aunque decidamos no avanzar hacia donde nos empujan a la brava, tal cual pretenden las personas designadas por sujetos reactivos contrarios a la pasividad individual, en cuanto persiguen obtener de cada criatura orgánica la propiedad privada de lo que poseen. Es en esta aparente inmovilidad donde se libra la verdadera batalla. Al negarnos a ceder el fuero interno, convertimos la resistencia silenciosa en una declaración de soberanía. Quienes buscan expropiar la esencia humana ignoran que, aunque el cuerpo ceda ante la inevitable entropía que marca el reloj, la conciencia se atrinchera en un espacio insondable. Allí, en la inmaterialidad de los pensamientos y en la quietud de la mente, conservamos la única propiedad verdaderamente inalienable: nuestra voluntad de no ser consumidos por el sistema que nos rodea.
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