A mil por instante, no hay nada estable, después de haberse concebido la idea que todo es trasmutable y transable, en la medida de lo negociable, a partir de particulares esbozos de cambios sustanciales entre personas netamente materialistas, dispuestas a poner y tener en la lista de lo conmutable a sus propios descendientes, por eso el mundo construido por la especie humana es el fiel reflejo de las codicias y vanidades personalizadas, lo cual sucede desde la primera partícula de polvo que terminó estrellado contra la imaginación de cualquier hombre o mujer, en su lucha individual por trascender pasando por encima de todos los demás.
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