A través de las ventanas de unos cubículos voluntariamente habitados, miramos sumisos al tiempo afectar los espacios alrededor, que se modifican al ritmo circadiano que nuestros organismos implantan al interior de unos cuerpos ralentizados, encargados de palpitar según la visión agazapada entre los días en que nos hacen no poder detectar la presencia de los otros seres encarcelados entre sus propios deseos por esclavizar pensamientos ajenos.
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