Cuesta admitir, conciliar y padecer a través de las certezas que produce envejecer, lo cual genera reconocer que la fuerza sensorial y corporal se va difuminando de manera exponencial, en la medida que se disminuye la tesitura de la tersura superficial de una estructura orgánica, elongada y arrugada cada día más en que nos acercamos a las metas finales de unas vidas entregadas al amor de sentirnos vivos, además observando a la muerte más nítida y cercana a los espacios ocupados durante los tiempos otorgados por el azar que tuvimos a menester de nuestro lado.
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