ENTRE LOS MUROS DE UNA
CONCUPISCENCIA
Los muros de
cemento y hormigón, alzados por todas partes en las ciudades,
pareciera que
se han levantado para evitar escuchar los cantos,
de los Pellares,
cuando buscan éstos hacer sus nidos o a sus parejas,
como igual sucede
con los trinos de los Turpiales,
cuando
encuentran éstos a las suyas, o los de tantas otras aves y animales,
que fueron empalados
y emparedados entre sus lozas,
ya que han optado,
los seres humanos, oír los ruidos de los autos,
el eco de
los tiros en las guerras o el resonar de las máquinas trabajando,
maquinando,
sin descanso, la transformación de la Tierra,
la cual
destroza mientras desbroza los últimos espacios vírgenes y naturales,
donde ha
querido enterrar al futuro propio, y el de todo lo demás.
Tanto es así,
que han decidido sincronizar sus ciclos de reproducción
con los mismos
sonidos de la producción industrial,
acompasando al
mismo tiempo el ritmo de su corazón con las estaciones
de mayor contaminación,
generando estragos en la condición natural,
de los bosques
y los lagos, donde ríos de humanos han dejado expuestas
sus propias vidas,
pagando el precio de una precaria salud,
que después les
esclaviza, al sufrir por concupiscencia y polución.
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