CUANDO
LOS MUERTOS SON LOS OTROS
Balbuceando palabras inexactas, en un lenguaje difícil de
entender, un hombre próximo a morir trataba de hilvanar, en frases extrañas, la
clave exacta para entrar al submundo nuevo donde iba a partir.
En el sucio cuarto en el que se moría, se hallaban varios ministros y sacerdotes, que se arremolinaban a su lado intentando bendecir los secretos que se estaba llevando.
Con la muerte respirándole en la nuca, aquel hombre los ojos abiertos mantenía, sosteniéndole la mirada a los otros que de ese cuarto entraban y salían.
Cuando por fin pudo decir algo sensato, simplemente dijo: ¡ya está aquí ¡, así, después de unos continuos jadeos, dejó de respirar hasta morir.
Los presentes en el cuarto, finalmente pudieron descansar, por lo que envolviendo en frazadas aquel cuerpo, en silencio al cementerio lo llevaron a enterrar.
Cuando metían al supuesto muerto en el hueco, aquel cuerpo empezó de nuevo a respirar.
¡Es un estertor de muerte¡, grito uno.
¡No, es una convulsión¡, dijo el otro.
¡Que va pendejos, está volviendo nuevamente y no podemos dejarlo regresar¡, bramó el último, quien con un garrote golpeaba al muerto sin cesar.
Al final, después de tanto ajetreo, con sigilo abrieron la frazada, para encontrarse solo un montón de huesos, pero de aquel hombre muerto, ya no había nada.
Aquellos hombres, al mirarse a los ojos, finalmente comprendieron lo que pasaba, que los muertos eran ellos y que aquellos huesos se los recordaba.
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