LA MUERTE Y LOS
SINSONTES
Desde la cima de una montaña, oteaba el horizonte un
sinsonte,
quien solitario y triste, buscaba a su amada mirando en esa lontananza.
quien solitario y triste, buscaba a su amada mirando en esa lontananza.
Con los ojos enrojecidos por llorar y con el pico seco por
trinar,
auscultaba ese paisaje polvoriento,
lo que antes había sido su edén y donde ahora había un desierto, transformado a golpes de hachas y de herramientas,
con la violencia invisible e insensible de los avances humanos,
que no tienen límites ni clemencia con lo que toca su mano.
auscultaba ese paisaje polvoriento,
lo que antes había sido su edén y donde ahora había un desierto, transformado a golpes de hachas y de herramientas,
con la violencia invisible e insensible de los avances humanos,
que no tienen límites ni clemencia con lo que toca su mano.
Por eso, era un lugar donde cada vez era más difícil vivir,
pero donde,
aun así, aspiraba encontrar allí, el sitio exacto para un nido con su amada,
sin siquiera sospechar que la muerte ya los acosaba.
aun así, aspiraba encontrar allí, el sitio exacto para un nido con su amada,
sin siquiera sospechar que la muerte ya los acosaba.
Pero fue, cuando la vio, por la emoción,
el momento exacto en que su corazón se detuvo, y qué,
al igual que los recuerdos, se vaciaron de él, al mismo instante que lo hacía el excremento del cuerpo,
dejando un cascaron de plumas y huesos, y a una amada acongojada,
quien, con los sueños de ambos en el vientre, también murió,
atragantada por unos huevos que no encontraron el nido.
el momento exacto en que su corazón se detuvo, y qué,
al igual que los recuerdos, se vaciaron de él, al mismo instante que lo hacía el excremento del cuerpo,
dejando un cascaron de plumas y huesos, y a una amada acongojada,
quien, con los sueños de ambos en el vientre, también murió,
atragantada por unos huevos que no encontraron el nido.
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