La censura propia es un monstruo inmanente con el que se impulsan blindajes internos, de características intensas. Este monstruo deforma de inmediato el pensamiento al temer exponer una idea cualquiera frente a seres similares; o sea, otros que prefieren de igual manera mantenerse en silencio ante cualquier tipo de injusticia. Es un pacto implícito de mutismo donde el miedo devora la palabra, evitando protestar respecto a las manifestaciones que visibiliza la realidad, y forzando al individuo a evitar su visualización después de ser afectado por actos aleves.
Esta parálisis colectiva es el triunfo de las leves criaturas que se comportan agresivamente. Mediante la hostilidad sutil y el amedrentamiento, estas fuerzas logran neutralizar las acciones personales que pudieran transformar los escenarios, perpetuando un ecosistema de sumisión. Al final, el silencio autoinflingido se convierte en el refugio perfecto para la inacción, permitiendo que aquellos que agreden se sientan cómodos parasitando al tiempo otorgado, consumiendo los días de una sociedad que eligió callar en lugar de combatir.
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