LA DOMESTICACIÓN DE UNAS MAYORIAS PACIENTES
La infraestructura de la descomposición mediática se basa en la capacidad de putrefacción que poseen los conductos comunicacionales contemporáneos, no es un fenómeno accidental; es una obra de ingeniería social precisa y robusta. Cuando estos canales quedan bajo el control de minorías cuyo único interés es la apropiación y el moldeo de las mentes generales, el alcance de su influencia se vuelve tan extenso como escaso es el número de sus promotores ya que nos enfrentamos a una asimetría de poder colosal: un puñado de titanes mediáticos y corporativos dictando la narrativa global frente a una inmensa mayoría poblacional que intenta, a tientas, descifrar la realidad.
El establo ideológico y la pérdida de la inmunidad intelectual es el verdadero drama de este escenario que recae en las grandes mayorías. En su legítimo y constante esfuerzo por conseguir que la justicia social se expanda expeditamente por cada rincón ocupado por la gente del común, la ciudadanía se topa con una trampa invisible. Al carecer de filtros críticos colectivos, la población es propensa a recibir sin reservas mensajes diseñados específicamente para alterar sus comportamientos, colonizar sus emociones y redirigir sus pensamientos.
El resultado de esta inoculación desinformativa es devastador:
El arreo conductual: Se conduce a los ciudadanos como ganado hacia establos ideológicos herméticos.
El encierro intelectual: Una vez dentro de estos corrales de pensamiento, los individuos pierden la capacidad de dialogar con el exterior.
La enemistad horizontal: Se fomenta un estado de paranoia donde el ciudadano común ve a su vecino más cercano como a un enemigo acérrimo, en lugar de reconocerlo como a un par con sus mismas necesidades.
Nos encontramos entonces al frente de un financiamiento espurio: Del erario público al bolsillo particular, esta maquinaria de descomposición inorgánica no se auto sustenta; requiere de un flujo constante de capital. Es evidente cómo los medios de desinformación masiva son fácilmente cooptados por recursos provenientes de bolsillos particulares. El modus operandi es cíclico y perverso: primero se desvalijan los erarios públicos mediante la corrupción o la laxitud fiscal, y luego, parte de esa riqueza mal habida se reinyecta en los aparatos mediáticos para comprar líneas editoriales y voluntades. Este financiamiento garantiza que los círculos viciosos que multiplican la desconfianza personal se mantengan latentes, fuertes y enervados. No se busca informar, se busca balcanizar el tejido social.
El sabotaje de los objetivos colectivos ante el horizonte electoral es el fin último de esta putrefacción dirigida, evitando a toda costa la reunificación social alrededor de objetivos colectivos. Las élites comunicacionales temen a las sociedades humanas que dejen de ser pasivas y pacientes; temen a una ciudadanía que despierte y resista los procesos de privatización individualista que mercantilizan los derechos fundamentales.
Es precisamente cuando se aproximan elecciones popularmente respaldadas cuando esta maquinaria opera a su máxima potencia. Es en la antesala de los comicios donde la desinformación se recrudece para dispersar el voto, disponiendo de él y así quebrar la solidaridad, asegurando que las estructuras de poder permanezcan inalteradas bajo un falso barniz de democracia.
El diagnóstico está sobre la mesa, pero no estamos indefensos. Considero que aún nos encontramos a tiempo para hacerlo notar, diseccionar el mecanismo de su engaño y advertirlo con voz firme en cada lugar del planeta donde se replique este mismo patrón. La denuncia de estos conductos putrefacientes es el primer paso indispensable para devolverle la dignidad a la palabra, sanar el debate público y rescatar el destino de nuestras sociedades.
______________
No hay comentarios.:
Publicar un comentario