viernes, 20 de septiembre de 2019

EN LOS RECUERDOS DE UN PARACO


EN LOS RECUERDOS DE UN PARACO

Un hombre armado hasta los dientes seca los cristales de sus gafas,
aunque siga lloviendo fuerte en la sabana,
y sin que deje de mirar a un tropel de hombres desarmados
que le pasan por el frente de sus ojos.

Ese hombre da una orden perentoria a un ayudante,
pero éste la ignora en ese instante, lo que le provoca tanta rabia,
que lo asesina sin inmutarse ante esa tropa.

Todos ellos se detienen de inmediato, mirándose a los ojos con asombro,
y sin que salga ningún sonido de sus labios,
ya que saben que quien hable es otro muerto,
mientras la sangre de ese infeliz brota a raudales de su pecho y de su boca.

Aquel hombre armado, grita eufórico para que levanten el cadáver,
a la par que pide que lo tiren lejos,
en una fosa que poseen para esos gajes,
en el preciso instante que aparece, tras de una nube,
un elegante hombre montado sobre un elefante,
quien les exige a todos que se postren por si acaso.

Esta cruel imagen se torna borrosa
en la memoria del paramilitar Torregrosa,
un cruel asesino que aguarda solo en su celda
un pelotón marcial que llegará pronto a fusilarlo
sin que medie el perdón de ningún tipo de funcionario.

Como ésta, hay miles de historias esperando quien las cuente,
en un país, como éste, lleno de brutos asesinos sin intestinos
y una recua de políticos locos y corruptos
que sin miedo siguen sus instintos más oscuros.
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