EN LOS RECUERDOS DE UN PARACO
Un hombre armado
hasta los dientes seca los cristales de sus gafas,
aunque siga lloviendo
fuerte en la sabana,
y sin que deje de
mirar a un tropel de hombres desarmados
que le pasan por
el frente de sus ojos.
Ese hombre da una
orden perentoria a un ayudante,
pero éste la
ignora en ese instante, lo que le provoca tanta rabia,
que lo asesina sin
inmutarse ante esa tropa.
Todos ellos se
detienen de inmediato, mirándose a los ojos con asombro,
y sin que salga
ningún sonido de sus labios,
ya que saben que
quien hable es otro muerto,
mientras la
sangre de ese infeliz brota a raudales de su pecho y de su boca.
Aquel hombre
armado, grita eufórico para que levanten el cadáver,
a la par que pide
que lo tiren lejos,
en una fosa que poseen
para esos gajes,
en el preciso instante
que aparece, tras de una nube,
un elegante hombre
montado sobre un elefante,
quien les exige a
todos que se postren por si acaso.
Esta cruel imagen
se torna borrosa
en la memoria del
paramilitar Torregrosa,
un cruel asesino
que aguarda solo en su celda
un pelotón marcial
que llegará pronto a fusilarlo
sin que medie el perdón
de ningún tipo de funcionario.
Como ésta, hay
miles de historias esperando quien las cuente,
en un país, como
éste, lleno de brutos asesinos sin intestinos
y una recua de
políticos locos y corruptos
que sin miedo siguen
sus instintos más oscuros.
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