Un espurio personaje, surgido desde las cloacas del imperio delincuencial, ha resultado encumbrado en la presidencia de un país desdibujado por la violencia fratricida, milagrosamente inducida, argumentando que fue directamente postulado por un dios, el propio que lo empoderó, al interpretar un terremoto asesino cual si fuera el indicio positivo de su elección, pisoteando con su premonición a sus felices seguidores, aunque muchos de ellos estuvieran enterrados bajo los escombros de sus hogares, derruidos por equivalente vaticinio, demostrando el nivel de irracionalidad que marca y designa a unos integrantes de una especie demasiado singular, parapetados detrás su inconsciencia intelectual.
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