martes, 17 de febrero de 2026

ANTE LA NECROSIS DE UN PARAÍSO

ANTE LA NECROSIS DE UN PARAÍSO

Atosigados por tragar descontroladamente comida, la cual proviene de parasitar la superficie de un paraíso planetario, las criaturas humanas que lo habitamos terminamos desocupando contra él los intestinos de unos cuerpos atormentados, queriendo contaminar las fuentes del agua para volverlas impotables, sin que hasta ahora lo hayamos logrado, porque lo que pretendemos es hacerlo explotar, previamente a ser tragados por el hoyo negro formado por nuestras propias necesidades, surgidas de los implantes virtuales que nos hacen ver como gusanos artificiales.

En esa voracidad, preferimos coexistir con amigables mascotas, antes que mantener vigente la variabilidad genética, la cual podía multiplicarse al interior de bosques, montes, junglas y selvas, ya que tememos tanto enfrentar la posibilidad de ser devorados por bestias irracionales. Sin embargo, nos estamos viendo abocados a ser masacrados, maltratados, mancillados, masticados y asesinados por personajes próximos a escalar hasta el momento espacial en que no nos quede ningún otro vergel, que ni siquiera sirva para rescatar a las próximas generaciones, las que estarían agradecidas por el progreso que les legamos.

A las civilizaciones en auge, no les ha quedado otra opción que desentrañar los últimos árboles que quedaban en pie, para extraer de sus sitios ancestrales minerales preciosos, preferidos a las vitales fuentes de aguas potables que los pueblos originarios tanto protegían. Se ha vuelto costumbre exhibir riquezas fulgurantes frente a las radiantes personas que ansían imitar a las bestias humanas, ahora empoderadas para saciar vanidades y avaricias, ante la atenta y atónita mirada de los demás codiciosos, en espera de sus turnos para asimilarlos.

Finalmente, el banquete termina porque ya no queda nada que desentrañar, ni mascota que acariciar, ni paraíso que parasitar. 

Las bestias humanas, exhaustas de tanto exhibir sus despojos dorados, se descubren habitantes de un cascarón vacío. El hoyo negro de las necesidades artificiales terminan por succionar la luz de las miradas codiciosas; no hay explosión heroica, solo el crujido de los gusanos articulados, intentando devorar la nada. Las próximas generaciones no son más que ecos de una vida que se extinguió en nombre de la comodidad, dejando tras de sí el silencio de un tiempo que agotó su propia sed.

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