Adyacentes, convergentes y primordiales, así resultan ser los acompañantes internos emocionales, provocadores de sobrevivencias y tranquilizantes sensaciones existenciales, durante los momentos más trascendentales para una persona que se está enfrentando a temores reales, generados desde ajenos impostores, tóxicas criaturas por antonomasia, dotadas con bífidas intenciones y además de venenosas lenguas viperinas, delinquiendo contra las vidas ajenas, aperados con las ansias personales por encontrar recursos impropios, pero que les permitan acrecentar sus acumulaciones particulares, ante estos panoramas y escenarios son pocos los individuos, sin importar la especie, que logran emanar sustancias paliativas y relajantes, antídotos ocultos frente a procesos violentos, en los cuales trocar las pasiones se vuelve requisito necesario en la defensa de lo propio. De esta contrarreacción, dirigida hacia la penumbra de esos serpentarios cotidianos, la verdadera victoria no radica en emular ponzoñas agresivas, sino en erigir un templo inexpugnable con la propia templanza, porque quien domina el arte de sintetizar antídotos, mimetizándose en sus cuarteles internos, se transforma en despojador del poder depredador, convirtiendo el intento de espolio en la prueba definitiva de su propia e inalterable soberanía.
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