EL SUFRAGIO CUAL SI FUERA LEPRA SOCIAL
El flagelante ritual del cubículo conjuntado a la falsa ilusión de un poder ciudadano
El acto de adentrarse entre un cubículo silencioso, para depositar un voto consciente, suele revestirse de una solemnidad casi religiosa. Las sociedades democráticas han edificado su fe sobre la premisa de que ese trozo de papel determina el destino común. Sin embargo, tras las paredes desmontables y momentáneas de las cabinas electorales no solo se procesa una elección, sino también una profunda paradoja existencial. Por fuera de ese espacio aséptico y silencioso, el mundo actual ruge con intereses enfermizos y contaminantes, agendas ocultas y maquinaciones de un poder que busca perpetuarse a sí mismo, ya sea por vías legítimas o engañosas. El ciudadano moderno acude a las urnas atrapado en una dualidad: entrar con el fervor de un devoto, pero cargar con la sospecha de un flagelante, con su herramienta lacerándole el cuerpo, detrás de un supuesto cambio que está irremediablemente infectado.
El cubículo funciona como un confesionario laico. Es el único espacio donde el individuo, despojado del ruido exterior, se enfrenta a la ilusión de su propia soberanía. Penetramos dispuestos en depositar nuestras esperanzas percibiéndonos en estado de previa devoción. Esta devoción es indispensable para el sistema; la democracia necesita que el ciudadano crea en el misterio del proceso, que tenga fe en que el "para qué" de esos poderes portentosos tiene alguna relación con el bienestar colectivo.
El núcleo más potente de esta reflexión radica en la metáfora del voto leproso. Históricamente, la lepra ha sido el símbolo de la corrupción de la carne, de lo impuro y, sobre todo, del contagio. Al calificar al voto de leproso, se subvierte el significado tradicional del sufragio. El ciudadano no vota para legitimar al sistema que lo abarca, sino que, en su fuero interno, introduce su papeleta como un elemento disruptivo, una toxina destinada a desestabilizar o castigar a una maquinaria que percibe como hostil.
Sin embargo, esta fe es cada vez más borrosa. El ciudadano ya no es un optimista ingenuo; es un devoto pesimista que opera desde el desencanto, consciente de que los altares políticos están rodeados de "ocultismos peligrosos" y dinámicas opacas que escapan por completo a su control.
Llega al puesto establecido por el sistema político en operación con el deseo de suponer contaminar. El votante frustrado busca que su voto duela, que infecte la normalidad de las élites, que actúe como un virus de descontento dentro de las estructuras del Estado. No obstante, el mismo se confronta con una realidad demoledora: querer un cambio sin poder hacerlo. El sistema político contemporáneo ha desarrollado una inmunidad asombrosa frente a la voluntad popular. Las urnas absorben la rabia, la procesan, la institucionalizan y, finalmente, la neutralizan. El voto, por muy cargado de indignación que vaya, es digerido por la burocracia del poder sin alterar sus dinámicas de fondo.
El resultado de esta impotencia es el paisaje social que habitamos hoy: comunidades atrapadas en un bucle de participación y frustración. Seguimos acudiendo a las urnas, empecinados en la ilusión de determinar el rumbo, porque la alternativa —asumir la total irrelevancia de nuestra voz— es demasiado devastadora. Nos mentimos a nosotros mismos para mantener a flote la cordura social.
Mientras tanto, las sociedades se hunden en sus propias confusiones, incapaces de distinguir sí el camino elegido fue el correcto o simplemente el menos dañino. La fragmentación de la verdad, la polarización dirigida y la desconexión entre las promesas de los cubículos y la realidad exterior terminan por atomizar a los ciudadanos, convirtiendo el espacio público en un laberinto de espejos donde el poder real se refleja tantas veces y de tantas formas diferentes que se vuelve invisible.
Podemos concluir con la ideas de que el sufragio aparenta una lepra social, advirtiéndonos que la enfermedad del sistema no está solo en los líderes corruptos o en las trampas exteriores, sino en la sutil corrupción de nuestras propias herramientas de participación. El voto ha dejado de ser un bisturí que sana para convertirse en un síntoma más del malestar. Mientras sigamos creyendo que el silencio del cubículo es suficiente para desmantelar los ocultismos del exterior, continuaremos repitiendo un ritual vacío. El verdadero rumbo de una sociedad perdida no se determina contaminando las urnas con el descontento, sino rompiendo el aislamiento del cubículo para reconstruir el tejido social en el ruidoso, peligroso y necesario espacio común.
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