La nada logra definir el todo en que existimos, aquel espacio inconmensurable imposible de limitar, definir u ocupar, en cuanto cada uno de sus pedazos sirve luego de causa y efecto para reconstruir las piezas con las que se arman andamios, por los cuales nos corresponde individualmente transitar, dizque para poder trabajar, con la única intención de alcanzar satisfacciones personales que nos permitan edificar fachadas del edificio animal en el que pretendemos y queremos habitar colectivamente, ya que hacemos parte de un organismo que no cesa de desechar la natural empresa que la evolución nos otorgó y entregó para que fuéramos un bloque monolítico, en el que ahora nos hemos transformado en el balastro y la arena que sirve de mezcla para adherir entre sus paredes las personalidades que cementan y sujetan la desunión que tanto caracteriza hoy a la especie humana, desechando con desfachatez a los pocos que intentan modificar o cambiar la mezcla.
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